Abstract
This article investigates the origins of the Film Club of the Austral University of Chile (UACh), founded in Valdivia in 1963 and recognized as the oldest continuously operating film club in the country. The study traces back to the humanist vision of its first rector, Eduardo Morales Miranda, who conceived the university as a cultural engine for forming “spiritual elites” through the promotion of the arts and decentralization.
It highlights the background of the “Audiovisual Truck” led by Maurice van de Maele and Esther Aguilera de Silva in the late 1950s, an initiative that brought educational films to isolated rural areas and emergency camps following the 1960 earthquake. The text analyzes the foundational event of January 8, 1963, during the Summer School, where the screening of works by the French New Wave and directors such as Ingmar Bergman solidified an “art house” film program that would give birth to the University Film Society.
Keywords: Film clubs, Education, Southern Chile, University, Decentralization.
Introducción
Este artículo se enmarca en un proyecto de investigación sobre el Cine Club de la Universidad Austral de Chile (UACh), localizado en la ciudad de Valdivia, 850 kilómetros al sur de la capital Santiago. Inaugurado en 1963, se trata del Cine Club más antiguo en funcionamiento continuo en el país. Existieron otros cineclubes previos de gran importancia como el Cine Club de la Universidad de Chile, fundado en 1954, o el Cine Club de Viña del Mar, inaugurado en 1962, no obstante, ambos proyectos fueron intervenidos y clausurados tras el Golpe de Estado de 1973, afectando su continuidad durante la dictadura de Augusto Pinochet.
El Cine Club UACh ha funcionado de forma ininterrumpida entre 1963 y 2026, es decir, por 63 años. Institucionalmente, se marca como la fecha de inicio del Cine Club UACh, el 8 de enero de 1963, fecha en que comenzó en la ciudad de Valdivia la Escuela de Verano de la Universidad Austral de Chile, ocasión en la que se proyectaron cortometrajes franceses de la Nouvelle Vague, además de filmes de Ingmar Bergman y Alain Resnais, entre otros.
Esta Escuela de Verano marcó un hito en la ciudad y tuvo lugar bajo el gobierno universitario del segundo rector, el destacado humanista y teórico literario, Dr. Félix Martínez Bonati. Sin embargo, nos parece que para poder entender el contexto en el cual surge el Cine Club UACh, resulta fundamental poder mirar la década anterior, la década de los años ‘50, que es aquella en que fue fundada la Universidad bajo la impronta de su primer rector, el Dr. Eduardo Morales Miranda.
Inicios de un proyecto Universitario y cultural en el sur del mundo
El primer rector de la Universidad Austral de Chile (1954-1961), Eduardo Morales Miranda, de profesión médico, concebía la Universidad no sólo como un espacio para la formación académica de sus estudiantes, sino como un motor para elevar la cultura general de toda la comunidad de Valdivia. Propuso dos vías principales para lograrlo: Cursos libres, abiertos a toda persona interesada, sin necesidad de estar inscrita en la Universidad, y el fomento de las actividades de la Facultad de Bellas Artes, que contribuían a enriquecer la vida artístico-cultural de la ciudad (Morales, 2014). El camino hacia la fundación de la Universidad Austral comenzó ya en 1942 a través de la Sociedad Amigos del Arte, liderada por el Dr. Eduardo Morales. Este grupo de personalidades locales promovió la difusión de la cultura en Valdivia como el cimiento necesario para proyectar la construcción de la universidad.
El rector Eduardo Morales tenía una visión humanista de la educación superior y aspiraba a que la Universidad formara “élites espirituales”, personas con una profunda formación ética, cultural y humanista, al servicio de los demás. La Facultad de Bellas Artes, inaugurada en 1955, formó parte de las primeras facultades de la universidad. Agrupaba a la Escuela de Artes Plásticas, el Ballet Folclórico, el Conservatorio de Música y el Coro Universitario. Con el terremoto de 1960 y luego con las políticas de la dictadura la facultad fue cambiando. La escuela de Artes Plásticas fue cerrada en 1987 y las demás unidades pasaron a depender de la Dirección de Extensión.
Es importante destacar el rol del rector Morales en los antecedentes de la creación del Cine Club por su valoración de las artes, por la importancia que atribuía a la creación una universidad compleja y descentralizada, y porque desde que se fundó la universidad él realizó intentos por crear un cine universitario. El proyecto inicial de Cine Club estaba situado en el centro de la ciudad, lo cual finalmente se descartó, para finalmente establecerse en 1963 en la Ciudad Universitaria Isla Teja bajo la rectoría de Félix Martínez Bonati (1962-1968).
Ya en 1958, a tan solo cuatro años de ser fundada la Universidad, Morales realizó gestiones para adquirir el subterráneo de un edificio del centro de Valdivia (Edificio Prales, acrónimo de Prochelle y Morales) y construir allí una sala que serviría tanto para el cine universitario, como para actos de la universidad y otros espectáculos. La idea fracasó, debido a la oposición de los vecinos y finalmente se instaló un proyector de 16 mm en una sala de la Casa Central de la UACh conocida como Sala El Círculo, ubicada también en el centro de Valdivia, para realizar proyecciones de cine para audiencias de alrededor de 40 personas. Rubén González Lefno, historiador del audiovisual en Valdivia, señala que él vivía cerca del centro y que asistía alrededor de 1959 a esas funciones: ”Yo vivía relativamente cerca del centro, tenía 8 o 9 años cuando iba a la sala El Círculo con mi hermano y unos amigos después del colegio. Eran funciones gratuitas y el público era bien mezclado. Recuerdo haber visto un documental sobre osos polares y que todos los asistentes ponían mucha atención a las funciones” (González Lefno, 2026). Es relevante destacar que durante la primera mitad del siglo XX y hasta 1960, la vida cultural de Valdivia fue dinámica, con la existencia de funciones de cine permanentes en los teatros Valdivia, Olympia, Edén, Alcázar y Cervantes o proyecciones cinematográficas ocasionales en el Club de la Unión. Los teatros se vieron dañados de forma estructural con el terremoto de 1960, por lo que las funciones se suspendieron y el Cine Club de la UACh se volvió un proyecto más urgente.
Archivo Histórico y Patrimonial de la Dirección Museológica UACh.Fondo Maurice van de Maele. Ref. CL.AHPDM.MVDM.1.5.1.T.252.
Este particular contexto constituye un antecedente relevante para propiciar el surgimiento y la rápida consolidación del cine universitario: “El 22 de mayo de 1960 fue el último día de funcionamiento del Teatro Alcázar, sus puertas se cerraron para siempre, con el terremoto que cambió a la ciudad (...) El terremoto impidió finalizar esta función y llevó a la inhabilitación total y permanente del teatro hasta su demolición a finales de la década de los noventa” (Scheel y Wagemann, 2022).
Centro de Documentación UACh: el rol público de la educación y el cine
La contratación que realizó el rector Morales del humanista y periodista belga Maurice van de Maele tras su paso por Valdivia en 1954 fue fundamental para el desarrollo de una cultura cinematográfica en la Universidad Austral, en la ciudad de Valdivia y en la región.
Maurice van de Maele fue el gran precursor de las proyecciones fílmicas en los orígenes de la Universidad. Creó el Centro de Documentación de la UACh en el que trabajaba junto a Esther Aguilera, secretaria del centro y futura directora del Cine Club.
La Memoria de la labor realizada por el Centro de Documentación UACh entre 1960 y 1961 destaca el rol preponderante del cine dentro de la programación de este departamento. El Centro de Documentación no sólo tuvo una labor muy relevante en Valdivia, sino que aportó al desarrollo de espacios culturales en la región, llegando a tener veinte filiales en las cuales desarrollaba los siguientes programas gracias a esta pionera idea de la “Biblioteca Móvil”, según consta en la memoria: “Adiestrar bibliotecarios, crear bibliotecas, proyecciones, cinematografías, charlas, cursillos, exposiciones, conciertos, guiar a las Escuelas Primarias y los Liceos en su labor, proporcionar permanentemente datos sobre la Universidad y mantener a la ciudad estrechamente unida a las filiales” (Memoria 1961), labores que se realizarían en colaboración con los vecinos de las comunas rurales.
Los verdaderos esbozos de lo que luego se volvería el emblemático Cine Club Universitario no comenzaron en una sala tradicional, sino con un concepto mucho más ágil y con un propósito muy lejano a las funciones de “socialité” que ocuparían gran parte de sus actividades posteriores. A fines de la década del cincuenta, el Centro de Documentación de la universidad creó la iniciativa, que tomó la forma de una camioneta recordada como “La Audiovisual”. Fue equipada para llevar el cine directamente a las localidades rurales, provista de una proyectora de cine de 16mm, parlantes, una grabadora y un amplificador. Mauricio van de Maele y Esther Aguilera fueron los incansables pioneros que pilotaron este vehículo en sus misiones. Para Esther, esta labor iba mucho más allá de un empleo formal; trabajaba sin sueldo extra durante todos los fines de semana, movida únicamente por su pasión por acercar el conocimiento a la comunidad.
La Camioneta Audiovisual llegó para enmendar una preocupación muy real y dolorosa de aquella época: la falta de acceso a la educación por parte de las infancias rurales. Estos niños vivían lejos de los centros urbanos, aislados del resto del país y golpeados por una pobreza desoladora. Para estas juventudes marginadas, el vehículo sirvió como un puente vital. No solo llevaban material audiovisual para enseñarles temas básicos, sino que desafiaban las barreras culturales proyectando obras fundamentales de la literatura universal. Incluso se atrevieron a exhibir obras de teatro filmado como “El Rey Lear” de Shakespeare en blanco y negro. La programación se conformaba de rollos de película conseguidos a través de embajadas como la de Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Francia y los Países Bajos.
Archivo Histórico y Patrimonial de la Dirección Museológica UACh. Fondo Maurice van de Maele.
Estas funciones eran completamente gratuitas y organizadas en conjunto con las escuelas y otras organizaciones de las localidades. Se buscaban los lugares más apropiados posibles y se mostraban una variedad de contenidos a niños y niñas expectantes. Gracias a la labor de estos profesionales, se estima que en 1960 las proyecciones fueron vistas, aproximadamente, por 8.000 alumnos de las escuelas primarias (Memoria 1961).
Las rutas que recorría este vehículo eran verdaderas odiseas a través del lodo, cruzando interminables caminos de ripio y navegando en la precariedad de la infraestructura del sur austral. La geografía se volvió aún más hostil tras el devastador terremoto y maremoto de 1960, un evento que destruyó todo a su paso en una sola noche y dejó a toda la región fragmentada. Lejos de abandonar la zona, Mauricio van de Maele —a quien el ejército le solicitó ayuda para reconstruir Valdivia debido a su experiencia previa en la guerra europea— se quedó junto a Esther utilizando “La Audiovisual” para continuar educando y apoyando a la gente en los campamentos de emergencia.
Una vez que fue restablecida la energía eléctrica en Valdivia, se comenzó de inmediato a proyectar cine en los distintos campamentos de la ciudad, que albergaban a la población en espera del término de la “Operación Riñihue”. Se visitaba un campamento diariamente, donde se realizaban dos funciones iguales con el objetivo de maximizar la cantidad de espectadores. Las autoridades universitarias estimaron que hubo alrededor de 11.000 personas en estas funciones.
Esta labor obligaba a “La Audiovisual” a realizar maniobras épicas. Para poder sortear los ríos de la ciudad, el vehículo debía cruzar por improvisados puentes de pontones instalados por los militares, estructuras similares a las utilizadas en los desembarcos de guerra. Van de Maele no perdía el humor frente a estas circunstancias difíciles. Su hija, Pamela, recuerda cómo al llevarlos a la escuela, su padre detenía su jeep exactamente en la mitad de estos endebles puentes flotantes y comenzaba a mover el vehículo de un lado a otro. A su alrededor solo se veía la inmensidad del río, lo que provocaba los gritos desesperados y risas nerviosas de los niños a bordo.
Hoy en día, aunque la memoria física de “La Audiovisual” y sus viajes por las carreteras lodosas parece difuminarse, sabemos que su labor no fue en vano. Quienes coincidieron con esta iniciativa fugaz en su infancia fueron testigos de un esfuerzo heroico y desinteresado. Para sus fundadores no existía la noción de estar cumpliendo simplemente un “trabajo”; era una pasión desbordante por entregarlo todo a su comunidad. La vocación educativa y la magia del cine podían llevar la luz de la universidad hasta los rincones más olvidados y destruidos de la región.
Durante 1960 y 1961 “se proyectó cine documental y educativo gratuito en todas las filiales del Centro de Documentación dentro de la Provincia de Valdivia” (Memoria, 1961) que eran las siguientes: Campamento Huachocopihue, Población Valparaíso, Campamento Krammer, Población del SSS-IslaTeja, Población Gil de Castro, Sala “El Círculo”, Teatro Ciudad Universitaria, Iglesia San Francisco, Escuela Técnicos Industriales, Hogar del Niño, Escuela N° 2, Escuela Ciudad San Francisco, Parque SAVAL, Plaza Pedro de Valdivia, Campamento Los Jazmines, Campamento Las Ánimas, Población Inés de Suárez, Población Bueras, Campamento Menzel, Facultad de Agronomía, Instituto Salesiano, Instituto Comercial, Hogar Infantil, Liceo de Niñas, Instituto Chileno-Francés, Plaza de la República y Juventud Obrera Católica (Memoria, 1961). En la Memoria del Centro de Documentación están detallados además los títulos de las más de 200 películas, en su mayoría documentales, proyectadas en 1960 y 1962 por el centro, las que provenían de los siguientes países e instituciones: United States Information Service, Consejo Británico, Embajada de Canadá, Embajada de Alemania, Embajada de Francia, Embajada de los Países Bajos, y Embajada de Gran Bretaña.
Andrea Osorio, la actual directora del Cine Club UACh, señala lo siguiente acerca de esta primera etapa de la Universidad y del cine como herramienta cultural y educativa:
Creo que Eduardo Morales fue un visionario porque pudo tener esa perspicacia para darse cuenta de que Valdivia tenía un potencial cultural. O sea, si estamos pensando cómo era Valdivia en los 50 y ya en esa época tener la visión para pensar que la universidad debía tener una sala de cine, yo lo encuentro grandioso. Él tenía una mirada bastante multidisciplinaria y, lo dice en su libro, que la universidad tenía que formar personas preparadas en distintos ámbitos de la vida, no solamente profesionales, expertos en sus carreras. Por lo mismo la Universidad nace con una Facultad de Bellas Artes. Y esto en vínculo con Van de Maele, quien creo que logró captar muy bien el espíritu con el que se creó la universidad y bueno, creó El Centro de Documentación donde nacen un montón de áreas que existen hoy en día en la universidad. Lo de la camioneta audiovisual es visionario, porque es lo mismo que está un poco en boga hoy en día, esto de la formación de públicos o de usar el cine como herramienta de apoyo pedagógico y todo esto ya existía en esta universidad desde hace más de 60 años”. (Osorio, 2026).
Hito fundacional: Escuela de Verano de 1963
En la historia de la UACh se ha establecido el mes de enero de 1963 como el inicio del Cine Club de la Universidad Austral de Chile. Es importante señalar que este “Cine Club Universitario”, tal como se le llamó en las primeras décadas, tenía un espacio de programación sólo los fines de semana en el Teatro Universitario del Campus, que durante la semana se utilizaba para docencia y otro tipo de actividades como ceremonias, exhibiciones de teatro o conciertos de música clásica.
El hito que marcó el inicio de año en 1963 fue el desarrollo de una Escuela de Verano durante dos semanas, organizada por la Universidad Austral de Chile en colaboración con la Universidad de Chile. Esta escuela estuvo dirigida a la comunidad universitaria UACh y a otros profesionales de la ciudad y contó con programas de estudio en diversas áreas del conocimiento como la Biología y las Humanidades. Se realizó además un Seminario orquestal y un Ciclo de Cine-Arte.
Entre los días 7 y 21 de enero del año 1963 se realizó en la Ciudad Universitaria de la Universidad Austral de Chile la Escuela de Verano de 1963. El evento fue de gran relevancia para la ciudad. Para asegurar el éxito de la Escuela, se realizó difusión por diversos medios: a través de la prensa local -como diversas publicaciones en El Correo de Valdivia- y también al interior de la Universidad. Para el Ciclo de Cine-Arte en específico, se imprimieron 400 programas en la Imprenta Universitaria, lo cual da cuenta de la envergadura del evento.
La Escuela fue organizada en conjunto con la Universidad de Chile con la cual se compartía una mirada sobre el rol de la cultura y las artes al interior de las instituciones de educación superior y de cómo estas disciplinas debían irradiar hacia la comunidad local. En su discurso inaugural de la Escuela de Verano, el Director del Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Chile, Francisco Galdames, destacó la misión social de las universidades:
Las universidades chilenas vienen conformando desde hace unos treinta años una política en el orden de la divulgación cultural. Ello significa que esta tarea o finalidad ha seguido un camino muy distinto del que distingue al resto de las preocupaciones universitarias: la docencia y la investigación (...) Los principios y técnica de la extensión universitaria se encuentran en plena etapa de proceso, tratando de cumplir con riguroso celo, el imperativo que corresponde a la Universidad moderna. (Galdames en El Correo de Valdivia, 10 de enero 1963)
Galdames enfatizó en su alocución que la divulgación cultural utiliza tanto los valores como el material que proporcionan la docencia y la investigación, pero los moviliza con una mecánica diferente, estimulando intelectualmente a las personas e incitándolas a “cumplir con plenitud la gran aventura que significa vivir con la mente alerta”.
El Ciclo de Cine-Arte consistió en la exhibición de 46 films (largometrajes y cortometrajes) a lo largo de 18 funciones, las que contaron con presentaciones introductorias y foros al final de las películas. Los dos ciclos fundamentales del programa fueron el “Ciclo Bergman” y el “Ciclo realizadores franceses de cortometraje”.
El día viernes 11 de enero se presentaron films de Henry Gruel, director de películas de animación: El átomo que os quiere mucho, cortometraje humorístico sobre el uso de la energía atómica. El Viajero basado en dibujos surrealistas sobre el poema homónimo de Guillaume Apollinaire y La Gioconda, historia de una obsesión, film paródico sobre la obsesión colectiva con la obra de la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci. Otro de los films proyectados durante el Ciclo fue Sombras (Shadows, 1959) de John Cassavetes, película ambientada en Nueva York y exponente de las nuevas tendencias del cine norteamericano con improvisación en los diálogos, filmada en blanco y negro y con un estilo realista que explora las relaciones interraciales de tres hermanos afroamericanos mestizos. Es la ópera prima del director y fue una obra relevante en la historia del cine de autor de Estados Unidos.
El día 15 de enero El Correo de Valdivia hacía el siguiente balance de las actividades: “El ciclo de Cine Arte organizado por el Cine Club Universitario, como una actividad extraprogramática paralela a esta Escuela de Verano, ha contado diariamente con un público considerable cercano al centenar de personas, y cada función ha estado precedida por una introducción y seguida de un foro libre entre los asistentes, siendo los relatores Manuel Gallardo y Raúl Pérez”. La película que dio cierre a la programación fue La noche de los forasteros o Noches de circo de Bergman.
Para todas las funciones la Universidad ofreció transporte en micro (bus) desde el desde la Plaza Pedro de Valdivia hacia la Isla Teja. El hito de esta primera Escuela de Verano permitió consolidar la tradición cinéfila de la Universidad Austral y dar un paso hacia la formalización del Cine Club Universitario que quedó conformado con 170 socios.
Existe un relato que difiere de que La Escuela de Verano haya sido la instancia que funda el Cine Club Universitario. Se trata del testimonio del Dr. Luis Zaror, quien a inicios de los años ’60 estudiaba Tecnología Médica en la Universidad Austral de Chile y quien más adelante sería académico del Instituto de Microbiología Clínica de la Facultad de Medicina. Fue además miembro fundador del grupo de poesía TRILCE en 1964. Para él el hito inicial del Cine Universitario habría sido la proyección de la película española Calabuch de Luis García Berlanga en una sesión organizada por la Federación de estudiantes presidida por Roberto Murúa de Medicina Veterinaria y en la que Zaror era secretario. Esta función contó con la presentación del reconocido crítico Mariano Silva. Aunque no hemos podido encontrar mayor documentación acerca de esta función ni constatar su fecha, sí resulta evidente la alta participación estudiantil y de académicos y académicas en la formación del cine universitario.
La configuración de los directorios del Cine Club, que se iban renovando año a año, dan cuenta de esta vocación universitaria, académica y ciudadana del proyecto. De acuerdo al Correo de Valdivia, las siguientes personas conformaron este órgano directivo en su primer año de funcionamiento: Presidente, Walter Lehmann, estudiante de la Facultad de Ingeniería Forestal; Vicepresidenta, Esther Aguilera; Tesorero, Leonel Tabilo, estudiante de la Facultad de Ingeniería Forestal; Directores: Dr. René Advis, Dr. Omar Henríquez, María Mardones (abogada de la Corte de Apelaciones), Eugenio Ringeling (arquitecto) y Jaime Concha (profesor UACh) (El Correo de Valdivia, 10 de febrero de 1978). Los socios del Cine Club -que fueron aumentando cada año- realizaban un aporte anual, eran anotados en un libro de socios y recibían su carnet, práctica que se ha mantenido hasta la actualidad.
Otro factor importante para la fidelización del público era contar con el transporte de ida y regreso al Campus Universitario en la micro amarilla conocida como La Pingüina. En un contexto en que pocas personas tenían automóvil y en una ciudad extremadamente lluviosa como es Valdivia, este servicio era decisivo para la fidelización de los públicos (Hoefler, 2026).
Rol del primer proyeccionista: el catalán Alfredo Péres
Una sala de cine no sólo depende de sus directoras, directores, programadores y público, sino también de sus operadores técnicos. Alfredo Péres Robles, un entrañable y algo excéntrico inmigrante español, fue el proyeccionista más influyente en la historia del Cine Club UACh. Ejerció ese rol durante treinta años, desde los inicios impulsados por la señora Esther Aguilera hasta su jubilación durante la administración de Lucy Berkhoff a fines de los años ‘80. Alfredo no era un simple operador; llevaba el cine en la sangre, al punto de atesorar en su memoria unas “palmaditas cariñosas” en las mejillas que le dio el mismísimo Luis Lumière, inventor del cinematógrafo, durante la Exposición Internacional de Barcelona entre 1929 y 1930, a la cual asistió junto a su hermano mayor, interesado en instalar un cine (Péres, 2004).
La historia de cómo este personaje llegó a la sala universitaria es digna de una película y la relata él mismo en una carta dirigida abierta dirigida al entonces exrector Dr. Eduardo Morales Miranda el año 2004. Péres llegó a Chile de visita en el año 1936 junto a su madre y tres hermanos. Buscando alejarse de los conflictos de la inminente Guerra Civil Española, la familia arribó con la intención de visitar a familiares en Buenos Aires y luego hacer una ruta por Chile, pasando por Lautaro y Temuco, hasta llegar a Valdivia. Poco después, estalló la guerra en España, por lo que decidió establecerse definitivamente en el país.
En 1937, un rayo sobrecargó la antena de su casa en Valdivia. El joven Alfredo acudió al taller de “Casa Bernucci” para solicitar su reparación. Allí, Don Luis Bernucci confundió su marcado acento catalán de Barcelona por acento italiano, y gracias a esa simpatía inmediata, lo presentó a los empresarios de “Arens y Claramunt Ltda.”, administradores de los cines comerciales de la ciudad: Cervantes, Valdivia, Central y Alcázar. Fue gracias a este fortuito malentendido que Alfredo quedó contratado como operador técnico de estos cines locales durante 23 años, hasta que el terremoto de 1960 lo obligó a buscar un nuevo trabajo en la Universidad Austral.
Ya en el campus universitario, Alfredo empleó toda su experiencia para elevar la sala de cine desde unas condiciones originales que él mismo catalogó como “deplorables”. Para solucionar los problemas de altura que exigía la pantalla panorámica, trabajó junto al arquitecto Eugenio Ringeling, quien ideó la solución de bajar el piso de la sala para darle la debida inclinación. Bajo la gestión del rector Eduardo Morales, se adquirió un moderno equipo alemán con óptica Zeiss Ikon y lámparas de gas Zenón. El propio rector Morales donó la cubierta de mármol de una mesa de su domicilio para el tablero eléctrico, y se instalaron butacas rescatadas del Teatro Italia de Santiago (que hoy en día encuentran nueva vida en el Auditorio Félix Martínez Bonati, a pasos de la nueva sala del Cine Club).
El trabajo de Alfredo en la universidad era casi artesanal. Operaba desde una caseta minúscula a la que había que subir por una escalera estrecha, en palabras de Pamela van de Maele, “como de los submarinos”. Su estilo era sumamente personal y pasional: manejaba la proyección a su propio antojo y, si sentía que una escena lo ameritaba, él mismo intervenía la máquina para subirle el volumen, actuando casi como un DJ del celuloide.
Programación: cine arte, cine documental y cooperación internacional
Los cineclubes comenzaron en la Europa de los años veinte, definiéndose como espacios sin fines de lucro donde el séptimo arte no solo se consumía, sino que era analizado y discutido por una comunidad activa y crítica. Históricamente, han sido refugios para el cine independiente y experimental, alejados de las grandes carteleras comerciales de Hollywood. A diferencia de los modelos tradicionales, el Cine Club Universitario de la Universidad Austral nació con un marcado acento educacional, coherente con su estatus dentro de una naciente casa de estudios. Durante la semana, su emblemática sala no sólo proyectaba películas, sino que funcionaba como un verdadero epicentro académico y cultural.
El teatro se utilizaba como sala de clases para cursos masivos de carreras como agronomía, forestal, química y castellano, donde los profesores se apoyaban en proyecciones de diapositivas y películas. También se realizaban cursos de humanidades a los que asistían estudiantes de diversas carreras como la asignatura Problemas de la Cultura de Lucas Fertilio, que también contaba con proyección de imágenes. Además, el escenario escondía un piano tras sus cortinas, sirviendo de espacio para aplaudidos conciertos de figuras como Inés Gebhard, Roberto Bravo o Gabriela Lehmann. En este contexto formativo, la programación incluía constantemente documentales científicos, geográficos y culturales facilitados por distintas embajadas, cuyas funciones solían ser de acceso gratuito o a muy bajo costo para los estudiantes.
Por supuesto, el espacio no servía únicamente como un aula extendida. Los fines de semana se transformaba en el gran evento social de la ciudad y en un oasis del sur de Chile donde se podía disfrutar de obras internacionales independientes. La cartelera deslumbraba con una enorme presencia de cine europeo, abarcando desde el deleite del cine francés e italiano hasta joyas del cine polaco, húngaro, rumano, soviético y búlgaro (Hoefler, 2026) que los cines comerciales ignoraban por completo. Este espacio congregaba a un público selecto compuesto por médicos, académicos, estudiantes y profesionales locales que asistían vestidos especialmente para la ocasión. Cumpliendo con el espíritu original de los cineclubes, las obras no terminaban con los créditos; nadie se movía de sus asientos, para así participar en apasionados foros y conversatorios. Estos debates eran liderados por figuras locales de la cultura, estudiantes, profesores o por importantes críticos invitados que viajaban desde Santiago, usando como guía los manuales de cineclubismo Francés (Flores, 2026).
Detrás de esta rica oferta internacional se escondía una logística titánica. Estos preciados rollos de celuloide llegaban al sur gracias a la incansable labor de Esther Aguilera. Su tenacidad la hizo famosa en prácticamente todas las embajadas (especialmente la alemana, apoyada por el convenio con el DAAD y la GTZ), al punto que los agregados culturales que dejaban Chile heredaban a sus sucesores la estricta recomendación de “atenderla bien” y proveer las cintas de sus respectivos países.
Para alimentar la programación, Esther emprendía épicos viajes en tren a Santiago junto a otros miembros de su familia y de la universidad, los cuales tomaban alrededor de dos días, según recuerda su nieta Pamela van de Maele. Al llegar a la capital, se adentraban en lúgubres oficinas de distribución en el centro de la ciudad para negociar directamente los contratos. Gracias a su astucia e implacable gestión, la lluviosa ciudad sureña tuvo el privilegio de acceder a obras maestras internacionales.
Relación con otros cines de la ciudad
El Cine Club UACh no era una isla en Valdivia, sino que se integró a un ecosistema de exhibición audiovisual profundamente arraigado en la ciudad. La ciudad servía de hogar para diversas salas comerciales que, aunque en su mayoría hoy han desaparecido, tejieron la memoria cinéfila del sur. Estos inicios fueron inmortalizados gracias a la labor investigativa de Bárbara Scheel Aliaga y su equipo en el proyecto Cines de Valdivia: Ruta Patrimonial.
Durante la década de los cincuenta operaban en la ciudad al menos cuatro grandes salas comerciales: el Cervantes, el Central, el Alcázar y el Valdivia. Cada una tenía su propio perfil y audiencia. Por ejemplo, el Cine Valdivia se especializaba en melodramas y películas mexicanas; el Central atraía a un público mucho más masivo y popular, mientras que el Cervantes recurría a ingeniosas estrategias, como proyectar cortometrajes seriados de El Llanero Solitario antes de la función principal para dejar al público en suspenso y asegurar que volvieran el fin de semana siguiente. Tras el devastador terremoto de 1960, el ecosistema se redujo drásticamente al Cine Cervantes y el Central. Fue en este escenario donde el Cine Club consolidó su operación con una propuesta a escala reducida, con un enfoque independiente y una clara vocación educativa e intelectual.
Lejos de existir una rivalidad comercial, los testimonios de la época revelan una relación de profunda camaradería entre los establecimientos, funcionando casi “como una familia”. En aquel entonces, toda la cartelera de la ciudad dependía de un hilo muy frágil: el tren que viajaba desde Santiago. Y a menudo, las inclemencias o los problemas logísticos hacían que los esperados rollos de celuloide simplemente no llegaran a tiempo para las funciones del fin de semana.
Es entonces cuando los administradores demostraban su solidaridad para parchar estas crisis de programación. Si al Cine Central o al Cervantes no les llegaba la cinta, llamaban rápidamente y con mucho estrés a Esther Aguilera, la directora del Cine Club, pidiendo auxilio. Para salvar la tarde, los cines se turnaban las películas: Esther exhibía el primer rollo en la universidad y luego se lo prestaba a las otras salas. Como los vehículos escaseaban, las maniobras se hacían en bicicleta o corriendo a pie por las frías calles valdivianas para intercambiar los pesados rollos de sala en sala, un espectáculo urbano que los mismos transeúntes podían observar a plena luz del día.
Lo único que delataba estas maniobras heroicas era el abrupto cambio en la cartelera habitual. Producto de estos préstamos de emergencia, un establecimiento popular como el Cine Central terminaba proyectando películas europeas intelectuales que jamás habrían tocado su pantalla de otra forma. Esta colaboración también permeaba los gustos de la ciudad: gracias a la labor pionera del Cine Club, muchas premiadas cintas de autor europeas (búlgaras, húngaras o rumanas) que fracasaban en Santiago, podían terminar siendo proyectadas tiempo después a sala llena en el masivo Teatro Cervantes.
Acknowledgment
*Esta investigación es financiada por el Fondo de Fomento Audiovisual, Convocatoria 2026, folio 823106.
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